La princesa cabizbaja

Todos en la corte sufrían por la princesa. Su gesto concentrado, su mirada siempre baja, ese andar pausado de quien quiere retrasar todo lo posible la llegada a su destino. Los súbditos temían por la salud de su nueva soberana, una valquiria llegada de territorios lejanos, ignotos para la mayoría, que caminaba con piernas de bailarina indecisa, como si llevase el mundo entero sobre los hombros.

Delegados de otros países, que llegaban al exótico principado en misiones diplomáticas tan rutinarias como anheladas, conjeturaban sobre el origen de la tristeza que les parecía ver en sus ojos, huidos al abismo del suelo, y aguantaban el desdén que les provocaba el príncipe, sonriente como un buda autista entre dos carrillos rosados, barbaazul ajeno al desasosiego que todos percibían en su joven esposa.

Enfundado en sus marciales guerreras, en pomposos uniformes de marino o en un frívolo smoking, el monarca vivía en una tranquilidad sin asomo de perfidia. Él sabía bien que su majestad era miope, cegata, corta de vista; pero también coqueta. No llevaría gafas; ni lentillas, pues el cloro de las piscinas le había dejado una alergia incurable. Caminar sobre sus tacones regios era una exigencia mayor que jurar la Constitución de su recién adoptado Estado.

Y así, mientras el mundo contenía la respiración y rezaba porque su alma encontrara la paz, ella iba concentrada, libre de toda preocupación que no fuera vigilar sus pasos para no caer de camino al palacio, a la catedral o al casino.

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Lluvia de millones

La lotería de Navidad dejó en Valdepinares una lluvia de millones. Cayeron de repente, en gruesos paquetes. Tiraron el nido de cigüeñas del campanario, quebraron el brazo de la estatua del conquistador, agujerearon los invernaderos haciendo puré las fresas. Hubo que recoger corriendo a los niños del recreo. Cuando se acordaron de las gallinas, solo encontraron en los corrales pasta para croquetas. Los billetes se desparramaban por las calles, atrancando los goznes de puertas y ventanas. Atoraban las chimeneas metiendo el humo en las casas. A Román se le pegó un puñado a la cara cuando volvía con el tractor y acabó empotrándolo en la cooperativa. Masas de gente que oyó la noticia acudieron al pueblo arrasando con todo. Tres días después, el río seguía encenegado con el papel mojado y cadáveres de pez cebra, especie única de este cauce, que acabó así extinguiéndose. Blas, el panadero, volvió de su luna de miel y se enfadó tanto por no haber estado que salió con la escopeta y mató a los tres primeros que se le pusieron a tiro. Menos mal que eran forasteros, dos comerciales bancarios de la capital y un promotor inmobiliario. El Ayuntamiento pidió al Gobierno la declaración de zona catastrófica. Solo recibieron exabruptos. Valdepinares no ha podido superarlo. Desde entonces, todos pagan con tarjeta.

(El dibujo es de broadcast engeneering)