La princesa cabizbaja

Todos en la corte sufrían por la princesa. Su gesto concentrado, su mirada siempre baja, ese andar pausado de quien quiere retrasar todo lo posible la llegada a su destino. Los súbditos temían por la salud de su nueva soberana, una valquiria llegada de territorios lejanos, ignotos para la mayoría, que caminaba con piernas de bailarina indecisa, como si llevase el mundo entero sobre los hombros.

Delegados de otros países, que llegaban al exótico principado en misiones diplomáticas tan rutinarias como anheladas, conjeturaban sobre el origen de la tristeza que les parecía ver en sus ojos, huidos al abismo del suelo, y aguantaban el desdén que les provocaba el príncipe, sonriente como un buda autista entre dos carrillos rosados, barbaazul ajeno al desasosiego que todos percibían en su joven esposa.

Enfundado en sus marciales guerreras, en pomposos uniformes de marino o en un frívolo smoking, el monarca vivía en una tranquilidad sin asomo de perfidia. Él sabía bien que su majestad era miope, cegata, corta de vista; pero también coqueta. No llevaría gafas; ni lentillas, pues el cloro de las piscinas le había dejado una alergia incurable. Caminar sobre sus tacones regios era una exigencia mayor que jurar la Constitución de su recién adoptado Estado.

Y así, mientras el mundo contenía la respiración y rezaba porque su alma encontrara la paz, ella iba concentrada, libre de toda preocupación que no fuera vigilar sus pasos para no caer de camino al palacio, a la catedral o al casino.

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