Del día que fui a votar y acabé en el contenedor de basura

No espere el sufrido lector ninguna metáfora, ni una parábola, fábula o moraleja sobre el triunfo del PP, -esa derecha inculta, mandona y quejica que nos ha tocado en suerte, en vez de tocarnos una Merkel o un Cameron-, ni sobre el futuro que entreveo para mí, abocada al paro en una época de gobierno del PP.
Está claro que el peor legado de Zapatero es Rajoy.

Pero a lo que iba. Lo que voy a relatar no es ningún sesudo ensayo, como ya advierto, sino un sucedido real y auténtico por más sainetero que resulte. El caso es que esta mañana acudía yo toda cívica a depositar mi voto en las urnas, por si se podía evitar el desastre. Para aprovechar el viaje, y dado que al lado del instituto donde me toca votar están también los contenedores de la basura, me he cogido un bolso viejo y roto que tenía destinado al vertedero, pero que me había olvidado de tirar durante toda la semana. He metido dentro los sobres con las papeletas, la tarjeta del censo para no tener que buscar mi mesa y la cartera con el DNI.

Me he marchado de casa y he votado sin más contratiempo que tener que hacer un poco de fila. Una fila es una cosa democrática y dominical donde las haya, así que todo normal. Salía yo de ejercer mi derecho constitucional entre muchísimos conciudadanos que hablaban con los conocidos con los que se iban tropezando sobre el resultado que saldría de las urnas y, al llegar a los contenedores, he sacado la cartera del bolso para tirar y lo he metido al contenedor. Me ha dado una sensación rara, pero he pensado que era porque yo nunca tiro nada. Sin embargo, era mi cerebro avisándome, porque, al llegar a la esquina, me he acordado de las llaves. “¿Las llevo?” –he pensado mientras me tocaba compulsivamente todos los bolsillos.

No, no las llevaba. Estaban en el bolso. “Tengo que cogerlas, aunque sea de la basura y todo el mundo me vea”, he pensado con una valentía de la aún me siento orgullosa. Desandando los pocos metros que me separaban del contenedor, he abierto la tapa dispuesta a meter el brazo y sacar mi ya ex-bolso.

Pero eran las once de la mañana y apenas había un par de bolsas, así que el mentado bolso estaba en el fondo del contenedor. “¿Qué hago? ¿Lo dejo y busco copias de las llaves? ¿Pero cómo entro en casa si no tengo llaves? ¿Vuelvo a casa a por un colgador a ver si con el gancho consigo atraparlo por un asa? ¡Pero si no tengo llaves! ¿Telefoneo a alguien a ver si me puede venir a ayudar? ¡Mierda, el móvil está en casa cargándose!”

Tal debía ser mi cara de angustia que una señora que iba con sus dos nietecillos me ha dicho “¿Te pasa algo, hija mía?”. Se trataba sin duda de una de esas señoras que tienen grupo en facebook, vendría a ser ‘señoras que se meten en todo’. Pero yo solo puedo agradecerle la ayuda que me ha brindado desde el primer momento. Ha sido muy maja y muy buena y, como se dice ahora en las tertulias de la Campo, de Ana Rosa, y hasta en algunas mejores, “muy humana”.
Yo, para hacerme perdonar desde el principio, no he podido mas que decir la verdad con franqueza: “Es que acabo de hacer una tontada”. Cuando le he explicado mi drama y le pedido que me sostuviese la tapa del contenedor mientras cogía ese complemento cruel, que tanto me estaba haciendo pagar el haberlo despreciado, ni un segundo ha dudado en hacerlo y además, mientras yo estaba apoyada con la tripa en el borde del contenedor, el torso entero metido dentro y estirando el brazo para llegar a mi objetivo, hasta me ha sujetado de la cinturilla del vaquero para evitar que cayera dentro. Y no pienso, como mi hermano me ha dicho por la tarde con muy poca sensibilidad hacia la infancia, que tenía que haberle dicho que metíamos a su nieto pequeño en el contenedor y que buscara él las llaves.
Tengo que decir que yo, que suelo andar sola, siempre me he sentido muy Blanche Dubois, no por perseguir a Marlon Brando, sino por eso de todo lo que le debo a la amabilidad de los extraños.

Igual que confieso que estoy torpe de mente he de afirmar que estoy ágil de cuerpo, a la primera he enganchado el saco maldito y he vuelto a tierra. Dentro, por fortuna, estaban las llaves.

Todos los que minutos antes habían estado haciendo fila conmigo para votar se han encontrado con la escena, ya comenzada. “¡Qué dura es la crisis!” imagino que habrán pensado viendo mis piernas colgar del contenedor y salir luego con un bulto en las manos. Se ha quedado dándoles explicaciones mi señora solidaria, después de rechazar con un noble y sincero “¡Faltaría más!” mis tres millones de gracias.

Yo me he ido rápida y avergonzada, haciéndome la sueca a todas las miradas.

Lo cierto es que ahora estoy pensando que yo llevaba unas pintas un poco macarras, con botas y cazadora de cuero, porque luego iba a coger la moto. ¡Espero que no hayan imaginado que le había robado el bolso a una pobre mujer y estaba recuperando algo! Dios mío, voy a ser la delincuente del barrio….

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Cambio de guión

El joven Ernesto se presentó empuñando una pistola en casa del hombre que le había arruinado. Tras sacar las mejores notas y ganar todos los premios fin de carrera, su guión había sido seleccionado por el Gran Jurado de la Unión Europea de Cinematografía. Sólo él sabía lo que le había costado condensar en 90 minutos de metraje todos los relatos de su padre en la guerra de Bosnia. Sólo él seguía escuchándolo llorar cada noche, ahora ya sólo en sus sueños, acordándose de los niños muertos por su culpa en la masaje de Srebrenica, de las mujeres violentadas por su odio de invasor, de los cadáveres ultrajados por la ceguera que les contagiaban sus caudillos.

Don Braulio se presentó como el productor más respetuoso con los autores, el hombre que ponía la voluntad del escritor por delante de los gustos del mercado, el arte por encima del dinero. Mentiras, sucias y culpables. Convirtió su drama en un chusco sainete de militares rijosos y gags basados en armas estropeadas o mensajes malentendidos. Su única oportunidad en el cine estaba arruinada y, peor que eso, la memoria de su padre, ridiculizada. Por eso iba a matar a don Braulio con la pistola que aún conservaba de su progenitor. La misma que usó para pegarse un tiro cuando ya las noches se volvieron demasiado largas para soportarlas. Le dolía ensuciar esa única herencia paterna, pero él no era un delincuente, ni siquiera un hombre de peleas, no hubiera sabido cómo conseguir otra arma.

Con su habitual descortesía, el productor hizo esperar a Ernesto en la sala casi media hora. Finalmente, un asistente le avisó de que pasara.
– Don Braulio le recibirá, aunque este es el despacho de su casa y nunca atiende aquí ninguna cuestión de trabajo- le advirtió con condescendencia.
– No se preocupe, será la última vez que le moleste –respondió él secamente, mientras atravesaba el dintel de la puerta que le abría el asistente.

Al fondo de la estancia, el millonario productor golpeaba una bola de golf con un hierro 3, mientras maldecía la espesura de la alfombra, que no la dejaba correr.
Levantó la vista hacia su visita.

– Caramba, Ernesto, qué alegría verte -le saludó mostrando una sonrisa hipócrita y tendiéndole la mano.

Ernesto la estrechó, sintiendo su tacto de reptil. De pronto, se dio cuenta de que no podía matarlo. Pese a todo el desprecio que le producía, pese a la maldad que seguía viendo en sus ojos, no estaba entre sus capacidades acabar con la vida de nadie. Supo lo que iba a hacer. Soltando la mano del productor, sacó la pistola que llevaba sujeta en la cintura.

– No voy a matarle, don Braulio, sino a suicidarme ante usted. Caiga mi sangre sobre su conciencia y sobre su alfombra persa –añadió con dolorida mordacidad.

– Ernesto, por Dios, no seas dramático. La alfombra me da igual, pero si hay aquí una muerte por arma vendrá la policía y me precintará el despacho hasta que acaben de sacar todas las huellas y este es el único sitio en el que no me molesta la pesada de mi mujer. Sin hablar de que los polis tienen esos aparatitos, ya sabes, esos que detectan los rastros de semen. Y ya te digo que mi mujer aquí nunca entra, sin embargo, mi asistente… Otro divorcio me dejaría arruinado. Prefiero producirte otra película. Una pequeñita, de esas de autor que a ti te gustan.
– ¡Don Braulio!
– Mira, ya sé, una coproducción, con Cortés, el argentino. Algo sobre la dictadura, los desaparecidos, niños robados a sus familias… esos dramas que a ti te van.
– ¡Haga el favor de callarse!
– No, no, hombre, escúchame. Haz esa película, ya sé que no te gustó lo que hicimos con tu guión. Ahora puedes resarcirte: esta la dirigirás tú.

Dirigir. Eso no lo había pensado. No era entregar su guión a alguien sin saber qué iba a pasar con él.

– También quiero hacer el montaje –exigió al productor con voz firme.
– Que sí, hombre, claro, tu lo harás todo, del principio al final –le aseguró golpeándole amigablemente el brazo- ¿Vas aprendiendo, eh? Toma, esta es la productora de Cortés – le extendió una tarjeta-, voy a llamarlo ahora mismo, vete para allá y vais hablando.

En la coproducción participaron finalmente 14 cadenas televisivas y 6 productoras de 13 países. El guión reflejaba los problemas y reacciones en distintos aeropuertos europeos ante una nube volcánica que impedía a los vuelos despegar. Una historia coral que refleja la multiculturalidad de la Europa actual y los lastres que la tecnología, aparentemente liberadora, impone al ser humano en el siglo XXI, según afirmó Sam Mendes en la ceremonia de presentación de candidatos a los Óscar.