El sofá

Aunque no era la idea que llevaba, acabé comprándolo. La enorme chaise longue me hizo caer en la trampa. Mientras daba mis datos a la dependienta me sentí triunfal, ufana de mi firmeza en las decisiones, de mi seguridad de carácter, de ese aplomo que todos me animaban a tener para aprobar mis inteligentes decisiones y que yo no encontraba nunca. Salí de la tienda. Camino del parking ya dudaba de la elección. Nada más llegar a casa, volví a medir el salón de mi pequeño apartamento y las manos me temblaron un poco al recoger la cinta métrica. Al día siguiente se confirmaba el error: dos operarios trajeron el sofá y ese espacio en el que el día anterior había paseado en patines, desapareció ante mis ojos, sustituido por una mancha negra que se extendía sobre el parqué como una fuga de petróleo contaminando el mar.

El más delgado dijo:
– Vaya sofá. Esto es un sofá de notario.

Aún en shock, firmé el albarán. Recogieron los embalajes y se marcharon dejándome con el nuevo inquilino, un extraño que había entrado en mi casa invitado por mí y que ahora me horrorizaba. El sofá no sólo era grande. Era feo. Horriblemente feo. Ahora lo veía. Me parecía pesado, insufrible. Al mirarlo me sentía asfixiada dentro de un traje de raya diplomática de lana, chaleco incluido, en pleno verano; una pajarita cerrando una camisa bien abotonada y zapatones en los pies. Cuando empecé a notar el olor a puro, salí de la habitación.

Entregué el salón al nuevo ocupante. De vez en cuando, entraba y el pánico volvía a asaltarme. ¿Cómo podía ser que llegase prevenida contra él y aún así conseguía asustarme cada vez más con su aspecto? No podía enfrentarme a su presencia, era como tener en casa una familia de osos amontonados en plena hibernación, y vivía refugiada en mi exiguo dormitorio. En un año, intentaría venderlo, al precio que fuera, y me libraría de él. Antes, sería demasiado irracional ante mis conocidos, y yo había anunciado a todos muy contenta que me compraba sofá, después de meditarlo mucho. No podía arriesgarme a sus preguntas, a su preocupación sobre mí quebradiza voluntad; ya había suficiente desasosiego en mi vida.

Pero no es fácil prescindir de una habitación en un piso donde solo existen dos. Hubo un momento en que el hartazgo superó al miedo y comencé a rumiar una estrategia. Sin muchas esperanzas, la mía era una lucha como la de David y Goliat, y no olvidaba que aquello fue solo una leyenda. No obstante, armé como pude un plan: un día entré de improviso, lo sumergí en cojines claros y lancé una manta inmaculadamente blanca por encima de él. Me pareció derramar leche condensada sobre una tableta de chocolate y, de repente, me apeteció probarlo. Tumbada sobre esa chaise longue fastuosa, la culpable de que mi sofá fuese un transatlántico, miré alrededor y mi salón me pareció grande y espléndido. Sobre el amoroso tacto de su piel, en un espacio que hora me parecia la explanada de los Inválidos, hora la Plaza Roja, hora el aeropuerto de Templehoff sin aviones, se sentí la dueña, no solo de un increíble sofá, sino, por primera vez en la vida, de mi destinos. Era Cleopatra dominando a Marco Antonio, a todo el Imperio Romano, y a todas las especies de serpientes.

En mi empresa me acogí a la fórmula del teletrabajo y comencé a desarrollar sobre mi chaise longue mi jornada laboral. Desde mi ordenador o a través del smartphone conseguía los contratos más suculentos en las condiciones más ventajosas. Estudiaba informes y redactaba propuestas; hacia las llamadas necesarias; tomaba decisiones, imponía plazos… Nadie podía revelarse a mi autoridad, dictada desde el muelle asiento de mi sofa, ese sofá que era mi trono.

Sólo acudía a la empresa a firmar los contratos de ascenso, hasta que decidí crear mi propia compañía. Fue un éxito desde el principio. En esta chaise longue diseñé nuestra salida a bolsa y la compra de todos mis competidores, empezando por la firma en la que estuve empleada. No lo hice por rencor, al contrario, los salvé de la debacle, pues sin mí iban en picado hacia la ruina.

Hace tiempo que me suplican que me presente a la presidencia de la nación, pero es imposible: me obligan a ir al despacho oval. Aunque, por curiosidad, he pedido las medidas.

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‘Cómplices’

Peyrotau & Sediles tienen exposición en Zaragoza. Como siempre que estos artistas aragoneses traen su obra, yo corro a verla. La muestra, que lleva el titulo de ‘Cómplices’, permanecerá hasta el 31 de agosto en el Museo Camón Aznar. La exposición reúne creaciones nuevas junto a trabajos anteriores.
‘La leyenda de Ausare’ es una de las obra nuevas de esta exposición. Colocada a la entrada de la sala, define el elemento central de la exposición: la mirada. Tres fotos de un personaje que, como es habitual en esta pareja de creadores, admiten muchas visiones. No tengo claro si estamos ante una geisha o ante un samurai. El conjunto muestra el triple consejo de la historia del mono, ese que recomendaba no oír, no hablar y no ver. Sin embargo Ausare se rebela y mira, y con su gesto defiende ese no apartar la mirada, dejar que entre por nuestros ojos todo lo que aparezca delante de ellos.

La mirada sin duda es fundamental en un fotógrafo, pero estos dos artistas crean toda una historia en cada obra, los significados se superponen y crean niveles de lectura, que se muestran al concentrar la mirada, como los tonos del negro en las obras de la serie ‘Metus’, en la que el espectador no puede sino preguntarse ¿pero cuántos negros hay dentro del color negro? Todos los que captura “la pericia fotográfica de Peyrotau”, Sediles dixit.

Ausare ya apareció en esta serie ‘Metus’ (muerte, en latín, que, como todo no puede explicarse sin su contrario, la vida, que también aparece en la misma serie). En ‘Metus’ Ausare sostenía la cabeza y la espina de una carpa, escenificando la leyenda japonesa de la carpa que, con su empeño, consiguió remontar la corriente y ser dragón. Ausare, como se ve, es una inconformista.

Peyrotau y Sediles trabajan también sus obras en formato de vídeo, (esta ha sido la primera ocasión en que este soporte se expone en el Camón Azar, la segunda vez que hay una exposición fotográfica y, a sus poco más de treinta años, Peyrotay y Sedlies son de largo los artistas más jóvenes en exponer su obra en este museo de Ibercaja). También en sus video creaciones se fijan en la mirada. Allí está “Nacht Träne”, la obra con la que lograron el segundo premio en la Muestra de Arte Joven de Aragón poco después del 2000. En una pantalla más grande que cuando se exhibió en aquella ocasión en el Pablo Serrano (mucho antes de su reforma), “Nacht Träne” sigue impactando como entonces. Durante varios minutos, un ojo mira en la oscuridad. Su imagen llena la pantalla, no hay nada más. La pupila se mueve inquieta, probablemente asustada, y mientras la observo me produce un efecto de alienación de la realidad como cuando nos miramos mucho rato en el espejo y acabamos por no reconocer nuestra cara. Ver solo el ojo da la impresión de encontrarnos antes un ser vivo independiente, una suerte de animal extraño, que se agita intranquilo. En un momento dado, una lágrima surge de la pupila y de repente, el ojo vuelve a parecer humano. Me hace pensar si es que el dolor nos humaniza, si el sufrimiento ajeno nos une a nuestros congéneres, y convierte a un enemigo en un hermano.

Hay más vídeos de imágenes perturbadoras, tan cautivadoras como inquietantes: “Fatalité”, “Black Rain Blues”… En la exposición también aparecen modernos rapsodas, féminas tatuadas, el elixir de la vida, más real de lo que nadie pudiera pensar… Parece increible que los grandes temas: la vida, la muerte, el olvido, el regreso, la rebelión humana… que han sido tratados por los filósofos y poetas desde los tiempos clásicos, tengan tantas ganas de que Peyrotau y Sediles los aborden ¿Cómo si no se explica que cuando van a Galicia con la misión de encontrar la huella de Aragón se topen en la playa con un zaragozano junto a su bebé gallego o que cuando estén con una serie sobre la vida los visite un amigo acaba de volver, como quien dice, del más allá?

A mí, que tengo poco ojo para la fotografía, me ocurre un fenómeno singular, que sin duda no nace de mí, sino de la fuerza de las fotos de Aranzazu Peyrotau. Arantxa, que ha sido fotógrafa de prensa, trabajó en el mismo periódico que yo y sus instantáneas siguen en el archivo informatizado, junto a otros cientos de miles de fotos. Cuando buceo en ese thesaurus inmenso a la busca de la imagen necesaria para alguna información, entre la treintena de diapositivas que aparecen por pantalla a un tamaño minúsculo, mi negado ojo fotográfico sabe identificar al vuelo una foto de Arantxa. Así es, los grandes artistas consiguen estos milagros, hasta hacen ver a los ciegos.